Esa mañana

Estaba yo sentado en la terraza de el hotelito donde me hospedaba en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Muy cerca del Obelisco, que marca lo que es prácticamente el centro de la ciudad. Tenía un café en mi mano, caliente, acabado de colar, con una leche que trajeron directamente de donde ordeñaron la vaca. Hacía un fantástico contraste con el frío de aquella mañana y la brisa que me acariciaba de buenos días.

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Me tomaba sorbo a sorbo y me disfrutaba el sabor amargo, dulce y cremoso de mi café. El olor que viajaba en el caliente de su humo que creaba un efecto térmico entre el calor del líquido y la frialdad de la mañana. Miraba con detenimiento como los rayos del sol, lentamente acariciaban cada rincón de la ciudad y besaban lentamente cada ventana, recibiendo un reflejo de cada una cómo tal efecto fuera una respuesta para aquella caricia.

Me maraville al descubrir que muy cerca de mí había un nido, con sus pichoncitos ya casi por abandonarlo. Me hizo pensar en el momento que yo decidí abandonar el corazón de mi familia para seguir mis sueños. Yo mismo me sonreí, porque mi sueño me había regalado aquel amanecer en una ciudad tan maravillosa. Mientras continuaba pensando en mí y comparandome con el momento de aquellos pichoncitos, sentí que una gota salpicó en mi café.

Levanté mi mirada al cielo en busca de una nube envidiosa que me arruinara mi paisaje mañanero. Busqué y busqué y no la encontré. Al bajar mi cabeza para contemplar de nuevo aquel nido, encontré lo que buscaba. No había sido una nube, había sido yo. Dos lágrimas habían recorrido mi rostro y saltaron de melancolía en mi taza de café. Me sorprendí, no me había percatado de que me había emocionado en mi pensar.

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Entonces, evalué. ¿Habían sido por melancolía o alegría? No me sentía triste, no tenía dolor, y aquella mañana era tan hermosa que no entendía porque había dejado escapara aquellas lágrimas. Hasta que lo entendí. Me había visto en aquellos pichoncitos, había pensado en mis padres y todos sus sacrificios y esfuerzos para yo poder lograr mis sueños.

Aquellas lágrimas fueron de empatía, amor y orgullo. Había logrado lo que tanto quise. Más importante aún, me estaba disfrutando el momento. Hoy, recuerdo aquella mañana como si estuviera tatuada a mi espíritu. Me disfruto aquel café nuevamente al punto de recordar su exacto sabor. En mi recuerdo quedan las melancolías de mi pasar por aquella ciudad europea en el sur de las Américas, que tan impregnada en mis sentidos quedó.

He viajado a casi todos los continentes del planeta, he tenido sensaciones increíbles en cada uno de ellos. Jamás ninguno como aquella mañana. Momento grabado en el propio sentir de la vida. Argentina, que memoria me has regalado, ahora añoro regresar a esa especial ciudad, por ahora, vivirás en mi recuerdo.

Published by Victor Sola

From Puerto Rico. Athletic Trainer and writer in development. Love to write. If I can think about, I will write about it. Open to learn new things.

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